Continuem amb la visió de les actuacions de teatre a les Corts. Avui ens explica com ha vist l'obra Pietro Damiani, crític, dramaturg i director artístic
En 1956 el pintor y escritor suizo Friedrich Dürrenmatt estrenaba en lengua alemana su obra más conocida y representada, que ha pasado a ser una de las grandes del teatro europeo de la segunda mitad del siglo XX y que se ha convertido en un texto clásico dentro de la dramaturgia contemporánea. La obra -no me extenderé aquí- contiene todos los elementos remarcables para hacer de ella una pieza singular, pero además de todo esto, la obra recoge ya en el título la presencia de la “vieja dama”, Clara Zachanassian, una de las grandes construcciones dramáticas del teatro contemporáneo que no es otra cosa que la actualización de uno de los personajes más duros y complejos de la tragedia griega: Medea. Si añadimos, además, el tratamiento extraordinario del argumento, podemos hacernos a la idea porque La visita de la vieja dama se convierte en una obra excepcional.
Con semejante tarjeta de presentación y conociendo de antemano la dimensión de la obra, lo primero que se nos pasa por la cabeza es pensar cómo de atrevida es la directora de Lapsus Teatre para afrontar una aventura de tal magnitud sin lastimarse ya en el intento. De hecho, el mal estaba ya cocido y servido en el mismo instante de elegir este texto para trasladarlo a un escenario con un elenco de actores que, como pudimos comprobar, no estaban ni mucho menos preparados para asumir un reto de tal envergadura. Sin buscar ningún tipo de justificación al montaje que nos presentó Lapsus Teatre, vale decir que la obra de Dürrenmatt es una trampa sibilina para hacer caer en ella a más de un osado director que no mida suficientemente bien qué elenco de actores dispone, qué condiciones técnicas de trabajo podrá obtener y que, sintiéndose atraído por la universalidad del texto, tome una decisión precipitada e imprudente. Y es que no se puede andar a ciegas, probar por probar, jugar con un texto de estas características porque, más que probablemente, el resultado sea, cuanto menos, mediocre y desafortunado.